Publicamos a continuación el relato que ha obtenido el accésit en la convocatoria del certamen de creación literaria del ICALI 2018, titulado “Sincronicidad” y presentado bajo el lema “Quetzal”, obra de la compañera Carmen Llopis Fabra.

Sincronicidad

Esa noche tuve un sueño extraño. Una voz familiar del pasado me susurraba al oído que buscara la llave olvidada. Desperté sintiendo todavía la presencia etérea de una mujer vestida de otra época que me sonreía con la mirada mientras señalaba con un dedo hacia su propio corazón.

El sonido del móvil me devolvió súbitamente a la realidad. Me llamaban de Comisaría. Por un instante se me olvidó que estaba de guardia. Me di una ducha rápida, me preparé un café y salí a toda prisa. Habían detenido a dos personas en una casa señorial de las afueras de la ciudad, cerrada desde hacía muchísimo tiempo mientras intentaban llevarse en un camión de mudanzas los muebles y objetos de valor que allí se encontraban. Al vigilante de una urbanización cercana le pareció muy sospechosa una mudanza a las tres de la mañana y llamó a la policía. Fueron sorprendidos in fraganti. Ninguno de ellos quiso declarar pero pidieron un Habeas Corpus para pasar rápidamente a disposición judicial.

Ya en el Juzgado bajé a calabozos para intentar entrevistarme con ellos antes de su declaración. A pesar de que se habían negado rotundamente a contar lo sucedido en Comisaría, ahora uno de ellos si parecía más predispuesto a hablar conmigo, principalmente si le ayudaba en su defensa. En la pequeña sala de comunicación me contó que el robo había sido un encargo de alguien desconocido que les daba las órdenes por teléfono.Tenían que sacar todos los objetos y llevarlos a un guardamuebles situado a pocos kilómetros.  Al cumplirlo se les pagaría el dinero acordado. Ellos habían sido un poco reacios porque esa casa tenía fama de “encantada” pero al fin accedieron.

Se trataba de un palacete modernista de finales del siglo XIX muy bien conservado para tener más de ciento cincuenta años. Lo rodeaba una gran vegetación en su mayoría silvestre que más que estropearlo parecía protegerlo del paso del tiempo. Nadie se había atrevido a entrar hasta entonces. Eso les sorprendió muchísimo porque ninguna de las casas señoriales de los alrededores se había librado de robos y expolios. No tuvieron que forzar la puerta porque ésta estaba abierta, la policía podía comprobarlo. No rompieron nada. Se diría casi como si les estuvieran esperando. Les sorprendió encontrar todo su interior intacto, como si sus dueños hubieran salido para volver a las pocas horas y eso que habían pasado setenta años desde la última vez que fue habitada. Una gruesa capa de polvo cubría el suelo y los muebles y algunas telarañas enmarcaban los rincones. Resultaba extraño que todo estuviera en su lugar. Recorrieron las habitaciones para hacer una valoración rápida de su contenido y se dispusieron a recoger los enseres que iban encontrando. Había una petición especial: Tenían que encontrar una llave con inscripciones. Alcé una ceja al escucharle y no se por qué recordé el sueño que había tenido momentos antes de que me llamaran de Comisaría: “Busca la llave olvidada…”. Parecía un pequeña sincronicidad a la que en aquel momento no le di la importancia que tendría luego.

Estuvieron rebuscando un par de horas. Encontraron cuberterías y candelabros de plata, pequeñas esculturas, vajillas delicadas, juguetes infantiles, una curiosa colección de relojes de arena así como valiosos relojes de bolsillo y plumas estilográficas pero la llave no apareció.  Tenían la orden de que si no la encontraban, lo recogieran todo, lo metieran en el camión de mudanzas y se marcharan de allí con el mayor sigilo, pero no contaron con el vigilante jurado de una urbanización cercana que les descubrió y llamó a la policía.

En ese momento me avisaron que nos esperaban en el Juzgado de Guardia para empezar la declaración. El otro detenido se acogió a su derecho a no declarar pero su compañero, tal y como  me había contado, explicó con pelos y señales el encargo que les habían hecho. Al Juez hubo algo que le resultó extraño por lo que acordó una inspección ocular. Yo no veía motivos para la misma pero no me opuse porque la verdad es que también tenía ganas de conocer ese lugar.

Dos horas más tarde nos presentamos allí Su Señoría, el Letrado de la Administración de Justicia, dos policías, los detenidos y yo como abogado de los mismos. Resultaba una situación atípica y más que un trámite judicial parecía una excursión escolar a un museo.

Cuando bajé del coche me quedé hipnotizado mirando la casa. Me resultaba familiar pero yo nunca antes había estado allí. La escalinata de piedra de su entrada me invitaba a subir como ofreciéndome una puerta al pasado. Subí corriendo como si regresara a casa después de mucho tiempo. Levanté la cinta policial que cubría la puerta y entré sin esperar a los demás. Me fascinó su interior amplio y diáfano. Escuché a mi espalda la voz de Su Señoría que me amonestó por no cumplir el protocolo. Me disculpé por mi reacción infantil pero pude ver en la cara de los presentes que a  todos les había causado impacto entrar en aquel lugar. Era como si hubiésemos viajado varias décadas hacía atrás en el tiempo.

Aquella mansión había tenido fama de albergar fiestas en los años cuarenta del siglo pasado. La alta sociedad se reunía allí en múltiples eventos copando las páginas de los periódicos de la época. El lujo y el glamour campaban a sus anchas. Entramos en el salón de baile. Este ocupaba un espacio inmenso. Una gigantesca lámpara de araña presidía la sala. La luz se colaba por las múltiples cristaleras produciendo una sensación de irrealidad. Por un momento pude sentir como si estuviera tocando la orquesta y los invitados bailaran despreocupadamente disfrutando la velada.

El Juez volvió a hacerles preguntas a mis clientes sobre si formaban parte de alguna banda organizada dedicada al tráfico de antigüedades y si aquel robo había sido un encargo específico. Ellos lo negaron rotundamente. Se comprobó que en verdad la puerta no estaba forzada y no había ninguna ventana rota. Nos dispusimos a subir a la primera planta por una escalinata doble de mármol blanco que todavía conservaba el esplendor de otra época. Conforme subía el corazón se me aceleró y los oídos empezaron a pitarme. Oía voces en mi cabeza pero no podía entenderlas porque parecían hablar todas a la vez. A punto estuve de perder el equilibrio y caerme pero menos mal que uno de los policías me sujetó a tiempo.

-¿Se encuentra bien?, me preguntó el Juez.

-Pues la verdad es que no mucho, le contesté. Supongo que es por este aire viciado y el polvo, pero no se preocupe que puedo continuar.

El Letrado de la Administración de Justicia levantaba acta de todo lo que le hacía constar Su Señoría. Los policías iban abriendo cuarto por cuarto, todos estaban en perfecto estado de conservación. La vida parecía haberse parado en aquel lugar. Entramos en un cuarto infantil con todos los juguetes intactos: Innumerables muñecos, juegos de madera, un caballo balancín y artilugios de lata. Me acerqué a un tiovivo que funcionaba a cuerda y en ese momento un fogonazo de luz me trajo una imagen del pasado. Las lágrimas empezaron a caerme por las mejillas y sin saber el motivo le di la vuelta al juguete. En su base había una llave con inscripciones…. Eso era lo que los ladrones habían venido a buscar. Se la mostré al Juez quien lo cogió desprendiéndola del tiovivo. Hizo que constara en acta y se quedó observándola unos instantes.

-¿Qué creen que abrirá?. Nadie supo responder. Me preguntó cómo había ido directamente al juguete y le dije que había sido una intuición.

-¿Por qué la persona que encargó el robo buscaba esta llave?, comentó en voz alta. Los detenidos no supieron qué contestar. Ellos solo cumplían una orden y no se plantearon nada más. Se consignó como prueba y se siguió con la inspección ocular.

No entendía qué me estaba pasando. ¿Por qué aquel lugar me producía sensaciones tan raras?. Nunca había estado allí y sin embargo parecía conocerlo. Cada vez que se abría un cuarto yo sabía qué iba a encontrar en el mismo. Era como si yo hubiera vivido allí, en otra época pero aquella casa llevaba cerrada muchos más años de los que yo tenía.

Transcurridas más de dos horas desde que llegamos a la mansión todos sentimos la necesidad de salir a tomar un poco el aire. Se acordó un pequeño receso y sin bajar la guardia con los detenidos salimos al jardín. En realidad era una maraña de plantas silvestres entrelazadas con algunos árboles ya centenarios que parecían guardianes ancestrales de algún secreto. Me fijé en una de las estatuas de mármol que se encontraba literalmente cubierta de vegetación y al tocarla las voces en mis oídos volvieron a hacerse insoportables. Me doblé por el dolor cayendo de rodillas  y fui a caer sobre una especie de trampilla camuflada por tierra y ramas. La limpié con la mano y pude observar que había una cerradura en la misma. De pronto recordé la llave e hilé ambos elementos.

-¿Ha visto algo? me preguntó el Juez. Si, mire Ud mismo le dije.

Todos se acercaron observándola con detenimiento. Uno de los policías hizo ademán de levantarla pero le fue imposible. Estaba cerrada con llave. Pensamos en la llave encontrada bajo el tiovivo de juguete. El Juez la sacó del sobre donde la guardaron y probamos a ver si encajaba. Realmente entró en el ojo de la cerradura pero dado el tiempo transcurrido no fue fácil conseguir  hacerla girar. Cuando lo lograron todos contuvimos la respiración. Parecía el acceso a una especie de cripta. Unas escalones se introducían bajo tierra. El coche de policía disponía de linternas, así que trajeron dos potentes y se quedaron a la espera de las instrucciones del Juez, quien dio la orden de bajar. Todos sentíamos curiosidad por lo que íbamos a encontrar pero por seguridad uno de los policías se ofreció a bajar primero a echar un vistazo.  Tardó como un par de minutos en dar señales. Cuando volvió a subir su cara había cambiado de color. Dijo que teníamos que ver aquel lugar. El y su compañero se quedarían custodiando a los detenidos.

A la luz de las linternas empezamos a descender. Un aire frío y con olor a tierra mojada nos acompañó todo el tiempo. Estábamos como a cuatro metros bajo tierra. Aquel lugar era un mausoleo improvisado. Una tumba doble se encontraba en el centro. Dos cuerpos casi intactos descansaban sobre una especie de altar de mármol. Se trataba de una mujer joven y de un niño de seis o siete años de edad.  Al acercarme a ellos las voces volvieron a retumbar en mi cabeza. Recorrí con mis dedos el pequeño altar. Las lágrimas corrían sin parar por mis mejillas y recuerdos de otra época empezaron a venir a mi cabeza:

Vi a un niño pequeño de pelo moreno y grandes ojos negros jugando en el jardín riendo ruidosamente; bañándose en la fuente que un día ocupó el centro de aquella finca; cogido de la mano de una mujer muy guapa, joven y elegante con un hermoso vestido fucsia y con unos preciosos rizos en su media melena pelirroja. Sentí todo el amor de esa mujer que le envolvía con sus brazos en su regazo y que le protegía con su cuerpo mientras cantaba canciones para que no sintiera miedo. ¿Qué era todo aquello?.

Un fogonazo de luz y otro lugar de la casa. El niño escuchando tras las puertas. Una discusión de adultos. Gritos, insultos y golpes. Unos tacones cruzando la habitación en dirección al dormitorio a preparar una maleta. Más gritos y un forcejeo. La mujer pelirroja cayendo al suelo y un charco de sangre alrededor de su cabeza. El pequeño llorando abrazado a su pecho. Unas manos que le separaban de ella y le tapaban la boca. Algo que le impedía respirar y de pronto un sueño muy profundo.

Salí del trance gritando y me encontré de nuevo en la cripta. Me preguntaron que qué me había pasado. La sombra fugaz de una mujer pelirroja pasó por delante mío sonriéndome con la mirada. Me empezó a faltar el aire y salí corriendo a la superficie. Allí me derrumbé en el suelo y rompí a llorar. Nadie consiguió calmarme durante un buen rato. Poco a poco me fui recuperando. Mientras, pidieron refuerzos. Lo que parecía un simple robo había desencadenado el hallazgo de dos cadáveres: Una mujer joven y un niño de corta edad. Los detenidos juraron y perjuraron que ellos no sabían nada de aquello. Llegó el equipo forense. Por los primeros indicios parecían llevar allí décadas. Tras la recogida de las pruebas pertinentes los  cuerpos fueron trasladados al depósito  para realizarles la autopsia.

La historia tuvo repercusión pública inmediata. La fama de “casa encantada” del lugar volvió a estar de actualidad y más después de lo ocurrido. Pronto se supo sus identidades. Se trataba de la mujer e hijo del dueño de la casa. Todo el mundo creía que la familia se había marchado fuera del país en la posguerra. A nadie se le había podido ocurrir que terminaran así. Las investigaciones posteriores sacaron a la luz una historia de malos tratos continuados. La esposa quiso abandonar a su marido y llevarse al niño con ella. Tenía familia en Italia y allí pensaba iniciar una nueva vida olvidando aquella pesadilla. Todos lo que les conocían creyeron que había sido así y que la ausencia de noticias formaba parte del deseo de no ser encontrada. El reciente hallazgo demostró que todo había ocurrido de manera muy diferente.

Yo estaba al tanto de la investigación ya que había sido uno de los participantes en el descubrimiento. A mis clientes se les abrió diligencias por tentativa de hurto pero no se consideró que tuvieran relación alguna con el doble asesinato ya que se había cometido setenta años atrás. Se investigaron las conexiones con la persona que les había hecho el encargo y se descubrió que se realizó por el  dueño de la casa, quien a sus más de noventa años, arrepentido y enfermo terminal quería que su mujer e hijo descansaran dignamente. Él había urdido la trama del robo. Sabía que tarde o temprano la policía intervendría. Su intención final era que se descubrieran los cuerpos. Tras salir todo a la luz escribió una carta que hizo llegar a la policía confesando el crimen. Murió a los dos días,  por lo que se consideró el caso resuelto y cerrado.

Volví a encontrarme con el  Juez en el entierro oficial de las víctimas. Sus nombres eran Lucía y Fernando. Fueron enterrados en el panteón familiar. Siempre había escuchado que cuando vivimos una experiencia muy intensa que nos toca el corazón  se crea un lazo de unión que perdura eternamente y en aquel caso ese lazo parecía ser muy fuerte y antiguo.

Tras la ceremonia fuimos a tomar un café y de forma confidencial me preguntó  qué me había ocurrido aquel día.

-Ud descubrió la llave. ¿Cómo sabía que estaba allí?. ¿Cómo descubrió la entrada a la cripta?. Esto no es un interrogatorio, pero hay algo que no encaja. El caso ya está cerrado, es solo curiosidad.

Suspiré y mirándole a los ojos le conté lo que había sentido:

-Yo sé que no tiene explicación alguna pero creo que yo era aquel niño. Todo se terció aquel día para que me encontrase a mi mismo.

Le conté el sueño que tuve, la mujer que me susurraba al oído que buscara la llave olvidada. La  casualidad de la guardia, la inspección judicial ocular, la casa conocida sin haberla visto nunca, mis juguetes, la trampilla escondida en el jardín…Descubrí mi propia tumba y la de mi madre. Aquella mujer pelirroja de vestido fucsia que cogía a su pequeño hijo de la mano y que quiso llevárselo con ella tras dejar a un marido maltratador.

Ese pequeño volvió a nacer muchos años después. En realidad y aunque no pueda entender el motivo, yo volví a nacer. Con el tiempo me convertí en abogado. Nunca hasta entonces había sabido de dónde venía mi vocación pero pienso que probablemente fue una manera de ayudar a aquellos que lo necesitaban como me hubiese gustado que en su momento nos ayudaran a mi madre y a mi. Quizás hubiese podido marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

El Juez no se sorprendió de mis palabras. En su fuero interno sabía que algo muy extraño había sucedido ese día. Con la mirada perdida asintió entornando los ojos mientras  pensaba en todos aquellas víctimas mudas que clamaban todavía por encontrar justicia mientras recordaba en sus más íntimos pensamientos que tanto él como su familia también sufrieron maltrato y que gracias a la valentía de su madre y a las personas que les apoyaron pudieron salir de aquel infierno, olvidar aquellas pesadillas y volver a vivir sin miedo. Tuvieron mejor suerte.

A ellos la vida sí que les dio una segunda oportunidad.

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