A continuación publicamos el relato ganador “La boda de mi sobrino Pikachu”, presentado bajo el lema “Zen”, obra de la compañera María Rosa Alberola Carrasco

Lboda de mi sobrino Pikachu

Algunos padres tienen mucho delito. Como mi cuñado Manolo, que por hacer la pelota a su suegro le puso al niño Rigoberto, como él, lo cual por cierto nunca le agradeció ya que siguió tratándole a patadas toda su vida. Y yo me alegro, porque no hay derecho a hacerle eso a una criatura.

Con semejante estigma le soltó en medio de la selva, es decir, un aula de malévolos Yosuas, Cristians y Yonatanes donde fue rápidamente rebautizado como Rigoberto Picaporte. La parte buena es que el Rigoberto se perdió en el olvido. Pero el Picaporte subsistió y pronto derivó en Pica y de ahí a Picacho, que en un salto final se convirtió en Pikachu, más moderno y global dentro de lo terrible. Y así se quedó para siempre, para bien o para mal.

Superviviente de aquel primer infortunio y aún de otros que diré, Pikachu es un verdadero fenómeno. Al verle se diría que es un toro por su fuerza desbordante, avivada por un explosivo y contagioso sentido del humor. No diré que sea una fachada porque no lo es. Más bien es el contrapunto que le dio la vida a cambio de una lábil salud que le llevó a verse incapacitado laboralmente antes de los treinta, cuando tan vocacional y entregado fue su paso por el ejercicio que como trabajador social desempeñó, que aún hoy muchos chicos le van parando por la calle para mostrarle su cariño y gratitud.

Así, gracias a ese buen talante, ha soportado estoicamente nueve operaciones de caballo, con sus correspondientes convalecencias. Y es precisamente en uno de esos trances cuando conoció a María Dulce, la bonita y cariñosa cirujana con quien mantiene una pecaminosa convivencia desde hace cuatro años, que por aquel entonces estaba terminando el MIR. Desde aquel momento y a su decir, se enamoraron perdidamente y no volvieron a separarse ni a sentirse solos ni dejaron un solo día de reírse el uno con el otro, porque son dos exponentes de lo que el mundo  podría mejorar con un poco de humor y de conciencia de lo que es importante y lo que se puede perder en un abrir y cerrar de ojos. Personalmente, creo que nadie me ha hecho reír tanto en este mundo como mi sobrino Pikachu y la chica no le va a la zaga. El nombre le va al pelo porque realmente es una criatura suave y bondadosa, aunque mi sobrino la llama “mi ternera” en sagaz alusión a que la moza es parca en carnes. Ahora viven en un lejano pueblo de Extremadura donde ella presta sus servicios mientras él compone música y cuida del jardín, del perro y de los  gatos.

Pero una nube negra cayó este verano sobre nosotros y sucedió lo que voy a relatar, adelantando que es la experiencia más surrealista que me ha tocado en suerte vivir y que abarca lo humano, lo divino, lo legal, lo moral, lo personal, la exaltación, la desesperación, la locura y seguro que muchos más estadios de la existencia que ahora benévolamente prefiero olvidar. Todo ello en el marco de una ciudad de cuyo nombre me acuerdo perfectamente pero no quiero decir por no herir posibles sensibilidades.

Todo empezó una tarde de finales de Agosto cuando volvía  yo de la playa soñando con mi ducha para quitarme esa arena pegajosa que cada día me lleva a prometerme no volver jamás; promesa que incumplo empedernidamente al día siguiente ante la irresistible llamada del agua. Y en ese trayecto sonó el móvil obligándome a parar en la cuneta para responder inmediatamente  ya que vi en la pantalla “María Dulce” y me hizo temblar, porque la salud de Pikachu siempre me tuvo en vilo. Se me cayó el alma a los pies, porque yo tenía la esperanza de que mi sobrino estuviese prácticamente recuperado, pero al parecer lejos de eso ahora se encontraba en estado crítico y tenía que ser operado de urgencia. Me contó que tres días antes se sintió mal y atravesaron el mapa para que le atendieran sus médicos en su hospital de siempre. Y allí fue donde supo que su vida pendía de un hilo y ese hilo al parecer era el último intento de los cirujanos para que el fiel de la balanza se inclinase por la vida aunque las probabilidades eran más proclives al sentido contrario.

Contuve mi garganta y mi corazón. Mañana estaré allí, le dije. Y allí estuve. Encontré a mi sobrino abatido tratando de mantener el humor en el aire. Pero hay momentos tan duros, golpes tan certeros, que aunque tengas el alma alegre, el corazón no puede evitar estremecerse al sentir que la vida se te va sin remedio, se va y se va, aunque tengas treinta y pocos y estés enamorado y no hayas avistado apenas el futuro. Disimulaba el abatimiento por amor, con la habilidad del entrenado y la torpeza de quien, a fuer de ser auténtico, no sabe fingir. Y yo me vine abajo, aunque aparenté venirme arriba porque esa actitud es como un marchamo familiar. Pero con poco  o ningún éxito porque lo cierto es que todos estábamos hechos polvo.

No tuve más remedio que regresar a Alicante al día siguiente, pero bajo promesa de volver rápidamente  y con el firme propósito de no parar hasta encontrar una forma de serles útil, aunque parecía claro que lo único que estaba en mi mano era acompañarles y tratar de mantener la calma. Pero fue Maria Dulce quien me dio la luz al día siguiente, cuando me llamó para darme el parte, y desde el pasillo, para no ser oída, me confesó llorando su angustia que, añadida a la grave situación, le atormentaba: Llevaba ya muchos días a la cabecera de la cama de Pikachu. Se le acababan los días de vacaciones, asuntos propios y guardias sustituidas, todo ello de suerte que en su hospital ya le habían avisado de que obligatoriamente debía presentarse en los próximos ocho días bajo riesgo de perder su trabajo, que representaba la práctica totalidad de la economía familiar. No se atrevía a decírselo a mi sobrino para no agravar su inquietud, pero lo cierto es que, aún  yendo todo bien, ella no podría acompañarle y cuidarle en el complicado postoperatorio. Su pena me partía el corazón. En ese momento me hubiera cambiado por cualquier millonario, auque fuera centenario, con tal de poder sufragar su subsistencia. Pero no me amilané, se  despertó mi vocación de Dios y no acepté mi impotencia. De repente, como un relámpago, llegó el Eureka y le pregunté: ¿Queréis casaros?. Ella se quedó sorprendida. Me dijo que lo habían pensado muchas veces pero no encontraban espacios de tiempo y dinero, esto último en clara referencia al despilfarro que conlleva lo que ahora se viene a llamar un bodorrio. En cualquier caso, me decía, no habría tiempo  ahora, porque una vez preguntó en el Ayuntamiento y le pidieron tanto papeleo que entre unas cosas y otras lo fueron dejando sine die. Pero lo cierto es que a mí ya me habían venido a las mientes conceptos tales como el del capitán del barco casando en peligro de muerte, o el oficial en tiempo de guerra; unido a aquello que el Derecho  Canónico consignaba, referente a que los ministros en el matrimonio son los propios contrayentes y el cura es un testigo. Fueron conceptos olvidados que emergieron en mi cerebro, estando en la certeza de que aquellos principios estaban recogidos en nuestro Ordenamiento actual aunque yo no me los hubiera tropezado jamás a lo largo de mi dilatada vida profesional. Pero pertenecían al Derecho natural y difícilmente el Legislador  les hubiera podido dar carpetazo. Hablé a Maria Dulce del matrimonio in articulo mortis, lo cual la dejó sin palabras y cuando me opuso lo del papeleo necesario le dije que precisamente allí estaba el detalle: Tiempo habría después para el expediente porque ahora no era necesario. Todo eso hablando a ojo de buen cubero, metiéndome en arriesgados jardines desconocidos pero con la conciencia arropada por la fe y la esperanza. Si acaso, eso si, temiendo un poco mi propio triunfalismo que viene a ser mi caballo de batalla. Y bajo esa arriesgada lucecita, le dije que al día siguiente, primer viernes de Septiembre, estaría allí y “ con seguridad “ arreglaríamos  “ese problemilla” que tanto le angustiaba a ella y tanto habría angustiado a mi sobrino en el caso, Dios lo quiera, de que sobreviviera a la complicadísima intervención. Porque el casamiento le permitiría el tiempo que precisaría, contando con los días que le correspondieran por matrimonio y  por la enfermedad grave del que sería ahora su marido.

En cuanto cuelgo el teléfono me dispongo a comprobar que efectivamente, aquellos vagos recuerdos aparecen debidamente plasmados en el artículo 52 del Código Civil, según el cual en peligro de muerte podrán autorizar el matrimonio, sin la previa formación de expediente, el Juez encargado del Registro Civil y el delegado del Alcalde, aunque no estén los contrayentes empadronados en esa circunscripción,  y en su defecto, el Jefe superior de los militares en campaña o el Capitán o Comandante de las naves y aeronaves. Pero ahora me faltaba saber si tras la entrada en vigor de la Ley de Jurisdicción Voluntaria 15/015, los Notarios tienen también esa facultad, porque  la verdad es que me sería mucho más cómodo; y así busco en el quasi infalible Internet que me ofrece la respuesta a través de la interpretación por una circular de orden interno del Consejo General del Notariado, a cuyo tenor puede entenderse que los Notarios tienen facultad para celebrar estos matrimonios in extremis, si bien esta facultad no entró en vigor hasta el treinta de Junio de 2017. ¡Fabuloso!

Me fui temprano en tren para no ir dando tumbos en busca de aparcamiento. Dejé encargado en mi despacho que se informasen del Notario que estaba de guardia, le contasen la historia y me concertasen una cita urgente a partir de la una de la tarde, hora de mi llegada, dándole también los datos a Maria Dulce para que enviase la historia clínica de Pikachu, principalmente lo referente a la operación a que ahora debía someterse.

Hasta aquí los prolegómenos, porque ya en el viaje la locura hizo el primer amago, preludio de la odisea que me aguardaba.

Subí al tren con una pequeña maleta de cabina llevando la ropa previsiblemente necesaria y un montón de textos legales que después no habrían de servirme para nada. Al cabo de una media hora de viaje sentí un mareo que provenía del hecho de marchar el tren en sentido contrario al que se orientaba mi asiento. Busqué otro para cambiarme, pero comprobé con desolación que todos los asientos miraban en la misma dirección. Cuando siglos después pasó un desganado revisor me apresuré a pedirle por caridad que me localizase un asiento enfilado al destino. Pero la respuesta fue demoledora: Era imposible, porque todos los asientos iban del revés, pero no debía preocuparme porque a la vuelta todos irían del derecho. Sinceramente pensé que estaba como una cabra y decidí recorrer el tren para buscar por mi cuenta, y así pude comprobar algo insólito: Mi vagón era el único: Se trataba de una especie de sándwich entre la cafetería y el wc, que volaba solitario por las vías como una rara avis. Debiendo añadir que el wc parecía una plaza de toros donde se perdían los pequeños water y lavabo, y donde para mayor inri el pestillo no cerraba. Regresé con desconsuelo a mi asiento y al momento me comunican de mi despacho el cumplimiento de mi encargo: La Notaria de guardia se llama Dña Maria Policarpa Aunós, me indican su dirección, teléfono, correo y confirmación de que me espera hasta las dos y de que Maria Dulce ya ha enviado el informe. Suspiro. Menos mal que algo funciona bien en este mundo.

Al llegar, tardé en encontrar un taxi porque el empleado de la estación a quien pregunté dónde estaba la parada me mandó justo al extremo contrario. Iba yo con los nervios de punta mirando el reloj con la esperanza de retrasarlo, cuando al cabo de un siglo el taxista paró en seco en medio del carril: Lo siento muchísimo, es que me he pasado del número, si doy la vuelta tardaremos un montón. Yo hago lo que Ud me diga. Respiré hondo. ¿Es mucho lo que se ha pasado?, (pregunté, conteniéndome para no explotar). Según se mire ( contestó cachazudo). Es más o menos allí, donde está el contenedor amarillo. Bajé encomendándome a Santa Rita y arrastrando mi pesado maletín. Llegué al maldito contenedor amarillo para contemplar con horror que el número de la calle que se encontraba detrás distaba mucho de ser el de la Notaría, que era el catorce. Y  lo peor es que en los portales contiguos no constaba numeración alguna.

Entré en una especie de asesoría o inmobiliaria, porque nada especificaba el letrero y pregunté a una señorita que leía distraídamente una revista del corazón. Mi pregunta era simple: ¿ En qué sentido va la numeración?. Pero se encogió de hombros y me dijo que preguntase en otro sitio porque ella no tenía ni idea. Tras varios intentos arriba y abajo de la calle sin que nadie me supiese aclarar nada, me detuve en un portal sin número. Y ya me disponía a llamar a la Notaría para que me explicasen dónde demonios estaba, cuando reparé en la placa que tenía detrás: Estaba en la mismísima puerta de Dña Maria Policarpa.

Llegué arrastrándome como si hubiese hecho la travesía del desierto y alcanzase por fin el oasis. Pero lejos de ello, me abrió una secretaria malcarada que sin invitarme a pasar siquiera me dijo “un momento” y antes que cantara un gallo salió la mismísima Maria Policarpa con una hoja en la mano donde decía, según me espetó triunfante, que se había prorrogado hasta 2020 la entrada en vigor de sus competencias, así que me largase con viento fresco al Juzgado, aunque me auguraba que a la hora que era en el Registro Civil no quedaría un alma y dudaba mucho que el Juez de Guardia me fuera a hacer el menor caso. Y sin darme tiempo a abrir la boca me puso la hoja en la mano y me largó cerrándome la puerta en las narices. Aun así, tuve el arrojo de llamar de nuevo y pedir que me dieran la documentación que había enviado  Maria Dulce, lo cual hizo la malcarada echando pestes.

¿Y ahora qué hago yo?. Viernes. Dos y veinte de la tarde. Principio de Septiembre. Sol de justicia. Y una misión inusual, máxime para el Juez de Guardia que sin duda en su vida se habría encontrado con semejante marrón. Y opté por lo que me pareció más sensato: Tranquilizarme, dejar reposar un poco los acontecimientos para que se me ordenase el cerebro, comer algo y dejar que comieran los demás y de paso cediera un poco el calor para coger al Juez con el ánimo más sosegado. Mayormente para que no se me revolviese como una hiena, que por hoy ya había tenido bastante con el tren, el taxista y Maria Policarpa, que ya le vale con el nombre, que ni a mi cuñado, que ya es decir, se le hubiese podido ocurrir semejante barrabasada.

Pero lo cierto es que mi buen propósito también me reservaba sorpresas: Entro en el bonito mercado que, justo enfrente de la Notaría, promete con vistosos anuncios una variada oferta gastronómica. Pero el glamour se termina al traspasar el soportal, porque el pintoresco lugar está lleno de restaurantes donde horripilantes paellas atraen a los turistas pero a mí me espantan y el olor a refrito me hace salir pitando. Pero por poco tiempo, ya que tras una larguísima vuelta por los alrededores sin encontrar siquiera un mísero bareto, no tengo más remedio que volver a la fritanga, donde finalmente encuentro una mesa en una esquina, y después de estudiar muchísimo la carta e ir descartando todo aquello que sonara a pringue, pido una ensalada de tomate, (¡sólo tomate por favor!), calamar a la plancha ( lo único que viene “ a la plancha”)  y  tosta de sardina ahumada.

Al cabo de un siglo me traen un plato sopero lleno de trozos enormes de tomate y una cuchara. Al rato, y cuando finalmente traen cuchillo y tenedor, llega una rebanada de pan cubierta de una montaña de virutas de tomate, sobre la cual nada una sardina de aspecto extraño, presuntamente ahumada, que tras un leve mordisco se deshizo pringando las virutas de tomate, lo cual no me importó demasiado porque la verdad es que ya me salía por los ojos el rojo fruto de la trepadora. Entonces llega hasta mí, traído en andas por dos camareros, un enorme calamar flotando en una piscina amarillenta que despedía destellos verdes de perejil y un fuerte aroma de ajo que para nada encajaba con mi quehacer vespertino. Por si fuera poco, los camareros no se alejaban esperando ilusionados que halagase el plato y me sentí en la obligación de mirar el reloj, decir que tenía mucha prisa y que por favor me lo preparasen para llevar porque ya soñaba con el momento de comérmelo y ahora solo tenía tiempo para un café y la cuenta. Así, tras aquella interminable y por cierto carísima comida, salí con el estómago vacío y un paquete grasiento en las manos que me apresuré a dejar junto al contenedor amarillo con la esperanza de que alguien lo pudiera aprovechar.

Y tras estas peripecias, me arriesgué ¡qué remedio!, a coger otro taxi para que me llevase a lo que pretenciosamente llaman “La Ciudad de la Justicia”. Que resultó estar cerrada a cal y canto, hasta que finalmente pasó  un transeúnte y me indicó que el Juzgado de Guardia estaba justo a espaldas del edificio (de verdad, todo parecía hecho a mala idea). Resultó ser como la nave de una fábrica abandonada, destartalada y enorme, con un pequeño mostrador en el centro donde un único funcionario estaba sentado y aburrido. Un señor muy viejecito nos hizo pasar a mi maleta y a mí por unos severos controles más propios de un aeropuerto internacional: Abrió y revisó la maleta y sacudió las hojas de los códigos en busca de algún arma biológica  mientras me dirigía miradas sospechosas. Después pretendió que le contara el asunto que me llevaba hasta allí, ¡para que decidiera él  si se trataba o no de un  menester propio del Juzgado de Guardia! . A mi ya no se me ocurrió nada mejor para quitármelo de encima que soltarle cuatro latinajos que no le convencieron, pero al menos fue a avisar al aburrido funcionario. Le expliqué la situación y no me costó nada mostrarme al borde de la desesperación, porque entre unas cosas y otras ya se me estaba acabando la paciencia. Pero hacía mal, porque aún me esperaban cuatro horas de encomendarme al Santo Job.

Tal y como me temía el funcionario me dijo en dos palabras que el Juez no casaba y no me iba a hacer ni caso. Y yo, tratando de no desgastarme y reservar mis energías para bregar con el Juez, le dije que era conveniente que le avisara porque sería necesario que se pusiera en contacto con el médico forense y que con seguridad querría saberlo cuanto antes, ya que era una urgencia y el matrimonio se debería celebrar esa misma tarde.  Cogió de mala gana la historia clínica y me dijo que me sentara fuera. (Fuera era al otro lado del entarimado). Yo aproveché para llamar a Maria Dulce, que me informó  de que no había novedades de salud, pero que estaban nerviosísimos. Y yo, haciendo gala de una seguridad que estaba muy lejos de sentir, le dije que todo iba viento en popa, que apenas me quedaba batería  y que no sabía lo que podía tardar por lo que no debía preocuparse si no les daba noticias en horas porque el tema era largo. Y no me equivoqué para nada.

El Juez tardó casi una hora en llegar echando fuego por la nariz. Se metió con el funcionario a un cuartucho que debía ser su despacho y al cabo de una eternidad el funcionario salió con unas notas relativas a mi solicitud, sacó copia del informe clínico, lo firmé todo  y  volvió a meterse al cuartucho.  Después se asomó y me dijo que me sentara porque estaban esperando al forense y no sabíamos lo que podía tardar. Que no fue poco, pero al fin llegó. Tampoco traía buen talante que digamos y como  no había nadie más en la “sala de espera” estaba clara mi condición de culpable y así me lo hizo sentir con una mirada furibunda. Pero nada me iba a arredrar.  Era lo único que estaba en mi mano para ayudar a mis chicos y no me iba a dejar amilanar para no  fastidiarles el fútbol. Mi numantina resistencia acabó conmoviendo al funcionario que de vez en cuando se acercaba a darme alguna explicación y de paso me confesó que es que todos estaban muy confusos porque era un caso insólito y que él mismo, que llevaba más de treinta años allí, no había visto nunca nada semejante.

En una de esas salió el Juez y me dijo que era necesario que un médico certificase que mi sobrino se encontraba en el pleno uso de sus facultades ( Se ve que estudiándoselo había caído en ese requisito  y había visto el cielo abierto), pero yo respondí con toda la seguridad del mundo que los médicos me habían dicho al efecto que este requisito lo acreditaba sobradamente el hecho de haber firmado, tal y como constaba en el informe presentado, la conformidad para ser sometido a una operación con un riesgo superior al ochenta por ciento, pues es evidente que ese consentimiento atañe a un tema mucho más grave que el matrimonio, máxime existiendo el divorcio. Le dejé perplejo, lo mismo que me quedé yo ante mi propia sagacidad, máxime cuando los cirujanos no me habían dicho ni eso ni nada. Pero me duró poco la satisfacción, porque al rato salieron triunfantes, él y el forense, para comunicarme que no se podía proceder al matrimonio porque habían hablado con el hospital y el funcionario de turno les había dicho que no estaba programada ninguna intervención quirúrgica para el fin de semana y por lo tanto no se trataba de una urgencia que no pudiera esperar a que me las entendiera con  el Juez encargado del Registro Civil, por lo que tendría que esperar al lunes. De nada me sirvió hacer ver que en el informe decía que se programaría para la siguiente semana ¡salvo que se presentara una urgencia!. Pero ya se habían agarrado como un clavo ardiendo a aquel argumento y se fueron pitando,  ya que solo yo les había perturbado la tranquila tarde del viernes. Y a mi me entró mucha tristeza  porque me cuesta entender cómo nadie que tiene en sus manos poder mitigar una situación tan triste, se revuelve para eludir su obligación acogiéndose a cualquier resquicio. Porque lo que es evidente es que nadie con, aquel informe, hubiera podido achacar al Juez extralimitación en sus funciones o competencias. Y la notaria, aún cuando efectivamente no tenía competencia, tampoco debió mostrarse tan ufana por quitarse de encima el mochuelo. Así, con el corazón entristecido y el ánimo derrotado, me fui al Hospital aprovechando el trayecto para recomponerme, por lo que entré en la habitación con aire triunfante y anunciando que el lunes tendríamos boda.

Imposible explicar lo lentos que transcurrieron el sábado y el domingo. Ninguna novedad salvo la llegada de mi  sobrina Marujín, que vive en un pueblo de Albacete. Los padres estaban en la China ajenos a cuanto sucedía, porque desde que mi cuñado se jubiló se dedican a viajar con el Inserso y Pikachu insistió en que no les dijéramos nada porque sería preocuparles en balde. La madre y el hermano de María Dulce llegarían de Burgos el domingo, de forma que, con esa lentitud que envuelve los hospitales el fin de semana, nos turnábamos para subir o bajar de la inhóspita cafetería, para tomar tapas de tortilla de patata de plástico. Así, se iba desgranando el tiempo, agradeciendo por otra parte que no se presentara ninguna incidencia.

El domingo por la mañana a Pikachu se le ocurrió que, ya que no podía vestirse adecuadamente para la boda, (postrado y lleno de tubos), le apetecía mucho depilarse las piernas y arreglarse un poco la tupida barba negra. Maria Dulce, siempre dispuesta a darle gusto, tuvo la brillante idea de sacar sus bandas depilatorias. Le puso la primera y fue la última, porque al estirar el chico pegó tal alarido que una enfermera apareció inmediatamente y los internos y familiares de los cuartos vecinos se asomaron asustadísimos. La hazaña de Maria Dulce se convirtió en un clásico y la enfermera le recriminó severamente recordándole  que existían las cuchillas y la espuma de afeitar y que abajo había una tiendecita donde se vendía de todo, y yo me encargué de semejante misión.  Felizmente me había prodigado en la compra de los útiles porque aquello fue una larga poda que la novia remató con una espesa capa de Nivea. Pero lo cierto es que tras la aventura de las piernas, Pikachu decidió que era mejor dejar la barba como estaba y todos estuvimos de acuerdo visto lo visto.

Y en esas anduvimos, y no quiero ni hablar del hotel asqueroso y carísimo en que me alojé (a la fuerza porque es el único de la zona), porque ya me canso de contar tanta sinrazón y lo único que puedo decir es que llegué a la conclusión de que los pies, que al resto del mundo le sirven para andar, correr, nadar, bailar… aquí los usan para pensar. Pero lo cierto es que entre el colchón, la cisterna del retrete del cuarto de al lado y los nervios debido a lo que ahora me tenía que enfrentar, apenas pegué ojo porque el tema no era baladí: Los novios preparados, los “invitados” llegando y el Juez del Registro Civil sin sospechar siquiera  la que se le venía encima. Así es que aún era de noche cuando me duché con el agua helada y no precisamente por mi gusto, me bebí un capuchino de la máquina del hall del hotel donde no vi ni un alma y antes de que abrieran las puertas de la pretendida “Ciudad de la Justicia” ya estaba allí como un gladiador esperando que abrieran el circo.

Y allí empezó otro arco de iglesia. Pero ya contaba con ello: Ni me iba a desesperar ni a enfadar ni menos perder los estribos: Simplemente resistiría y bajo ningún concepto aceptaría un no. Pero no había contado con que era lunes. Y no un lunes cualquiera, no: Era el  primer lunes después del largo Agosto. Lo cual, unido al inusual menester que me traía, significó que me enfrentase a un larguísimo paseíllo dando explicaciones de mesa en mesa a atónitos funcionarios que me mandaban de Herodes a Pilatos, pero blindando al Juez que era la única persona que yo insistía en que me recibiese. De hecho pretendieron que me largase bajo pretexto de que era imposible que el Juez casara a nadie, defendiendo la negativa con tal ahínco que no tuve más remedio que dejar salir mi indignación, recurriendo a mi derecho a que me recibiera y les recordé que todos estaban al servicio de los ciudadanos.

Finalmente salió el Juez, que resultó ser una Jueza malhumorada que pretendió que de pie y ante la puerta de su despacho le dijera en dos palabras qué demonios quería. Y tuve que hacer acopio de dignidad, paciencia y arte y fingí un repentino mareo debido a mi sufrimiento y así me encontré ante su mesa de despacho, con una botellita de agua que trajo la Letrada de la Administración de Justicia, contándoles con voz entrecortada los avatares que me habían conducido hasta allí, mostrando el informe del hospital y asegurando, lo cual era inexacto, que el Juez de Guardia me aseguró que sin duda el lunes el Juez encargado del Registro Civil celebraría el matrimonio. Pero la Jueza no se ablandaba ni conmovía pese a recurrir a toda la gama de mis recursos y registros, pero era obvio que jamás se había visto en una situación semejante y argüía dificultades relativas al expediente, al empadronamiento, a defectos del informe clínico, etc, se acogía a todo, mientras yo con voz suplicante le iba aclarando que no hacía falta expediente porque para eso era un matrimonio de urgencia, le señalaba el grave riesgo que constaba en el informe, le recalcaba la autorización prestada por mi sobrino a la arriesgada operación, pero sobre todo dejé claro que no pensaba rendirme, todo ello con tono humilde salpicado de obstinada firmeza hasta que la Letrada de la Administración de Justicia, que parecía más experta, le susurró algo al oído y me despacharon diciéndome que ya me llamarían porque tenían que recabar informaciones y se quedaron con el historial clínico. Yo mostré mi emocionada gratitud y salí haciendo gala de humildad, casi andando hacia atrás como en las antiguas audiencias reales y salí víctima del desconcierto, la duda y la rabia, porque de verdad que yo soy muy indulgente con la vagancia pero hay momentos en que te cuesta mucho aceptar que te vendan como un favor un derecho y que lo hagan quienes cobran sus sueldos de tus impuestos.

Y bajo estos pensamientos entré en un bar y pedí un café y una tostada porque a todas estas estaba a punto de desfallecer, pues mi estómago ya ni se acordaba del capuchino. Pero la tostada estaba fría y correosa y cuando estaba a punto de pegarme un tiro el móvil empezó a sonar taconeando sobre el mármol de la mesa. Una voz me dice que lleve cuanto antes al Registro los documentos de identidad de los contrayentes, los datos de dos testigos y que vaya la novia para firmar. Apenas puedo dar las gracias. Pillo un taxi y por el camino le pido a Maria Dulce que salga a la puerta del hospital con los carnets en la boca y así volvimos a aquellas dependencias. A la Jueza ni la vimos, todos los funcionarios nos miraron, unos con sorpresa, otros con fastidio, las señoritas que antes me habían despachado de mala manera ahora rellenaban formularios, recibían certificados de otros Registros, explicaban a la atónita María Dulce que el trámite para completar el expediente se haría en los siguientes meses , yo di mi DNI  como testigo y también dimos los datos del hermano de María Dulce, que sería el otro, y nos volvimos al hospital bajo anuncio de que ya nos llamarían a lo largo del día.

Así regresamos junto al maltrecho novio y los escasos familiares, mirándonos unos a otros con desconcierto y sin tener claro los que nos reservaba el futuro, ni siquiera el más inmediato. Pronto recibió María Dulce la llamada anunciando que antes de una hora estarían allí. Mi sobrina Marujín había traído una botella de cava y una ristra de vasos del plástico de los chinos. Y la madre de Maria Dulce se quitó y le dio un broche con una libélula de esmalte de colores que ella por toda gala se puso en su sencilla blusa de color berenjena. No había pasado ni media hora cuando se escuchó revuelo en el pasillo, y vimos avanzar a la Jueza, la Letrada de la Administración de Justicia, un oficial del Registro, el médico forense y los dos cirujanos, con gran asombro de los enfermeros e internos  ante la inusitada procesión.

Y entonces sucedió algo muy extraño. Como si toda la tensión se desplomase, la ira, la impaciencia, el enfado, la rabia, desaparecieron  como por ensalmo. Nos atenazó una emoción profunda, que se advertía en los ojos de todos, incluso de la propia Jueza que desprovista de altivez se esforzaba ahora en disimular el nudo de su garganta mientras leía los artículos del Código Civil que todos escuchábamos traspuestos como si tratara de la Biblia. Y yo, que hasta momentos antes y a causa de las vicisitudes estaba para pocas indulgencias, sentía el corazón grato y una furtiva lágrima pugnaba por salir de mi ojo, aunque se metió enseguida al escuchar la palabra mágica: Rigoberto, que no había escuchado desde el bautizo y ya ni la recordaba. Pero lo peor fue cuando al bajar disimuladamente la cabeza reparé en que por debajo de la sábana, y seguramente debido al asfixiante calor del cuarto, asomaba una pierna que, otrora cubierta de una espesa pelambrera negra, ahora aparecía salpicada de cientos de puntitos rojos a modo de sarampión parcial, dándole cierto aspecto de pata de pollo. Y estuve a punto de soltar una carcajada, lo cual felizmente logré evitar a tiempo, porque ya se estaban dando el sí quiero, y todos, absolutamente todos, nos abrazamos unos con otros atravesados por un rayo de empatía, y estuvimos de acuerdo en que aquella era sin duda alguna la boda más auténtica y emotiva a la que habíamos asistido, seguramente porque al quitarle los oropeles el amor se ve más. Y para rematarlo, el emocionado novio descorchó la botella de cava que ahora era puro caldo y Maria Dulce hizo los honores escanciándola en los vasos de plástico, dos dedos para cada no, no fuera a faltar.

La operación fue al día siguiente. Duró todo el día, desde las ocho de la mañana a las diez de la noche. Rezamos todo lo que sabíamos hasta que San Pedro puso un cártel diciendo CÁLLENSE. Fue un éxito tan grande que los cirujanos no daban crédito. ¿Sería un milagro del amor?

Tras las cuarenta y ocho horas críticas me volví a casa. Todavía el tren me reservaba un regalito: Cuando me dirigía a mi asiento, un enorme súbdito extranjero cayó fulminado a mis pies cuan largo era. Pero antes de que yo pudiera reaccionar, una empleada del vagón restaurante salió detrás gritando “¡No pasa nada! ¡Está borracho, lleva cuatro whiskys y aún quería otro!”. Cuando al fin  me senté cerré los ojos y con el trotecillo del tren me fui adormeciendo sintiendo que en mis labios se dibujaba una sonrisa y  con mi proverbial triunfalismo me sentí como un auténtico Rey Mago.

Ahora que estoy escribiendo todo esto me doy cuenta de  que a lo mejor la ciudad no está tan, tan loca, ni todos eran tan vagos ni tan desalmados,  sino que de puros nervios yo lo viví así.

Hoy es veintinueve de Diciembre y antes de que saliera el sol ha sonado el teléfono. Es Maria Dulce. Me sobresalto porque es demasiado temprano para felicitarme el año. Inmediatamente me tranquiliza: Pikachu, que todavía duerme, está como una rosa. Habla bajito porque está encerrada en el cuarto de baño. Quiere darme una primicia: En las manos tiene un Predictor y me cuenta emocionada que la cigüeña de dirige hacia allí, sobrevolando encinas bizarras y llevando en el pico un bebé que ahora mismo viene a ser como un garbanzo. Lloramos. Y a mi sólo se me ocurre decir que sólo espero que no se llame Rigoberto.

 

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